Kertész: Una Fotografía Sobreviviente

André Kertész (2 Julio 1894 – 28 Septiembre 1985) fue un fotógrafo nacido en Hungría y posteriormente nacionalizado francés. Su obra se divide principalmente en cuatro períodos: el húngaro, el francés, el estadounidense y el internacional. A pesar de tener una carrera muy fructífera, fue durante éste último período que su trabajo fue reconocido mundialmente. Hoy, sin embargo, quisiera hablarles de una fotografía que se realizó durante el primero y que dio paso a una serie más extensa.

A los 20 años, André fue enviado al frente de batalla como miembro del ejercito austrohúngaro. Desde las trincheras solía documentar el día a día con una cámara ligera pero en 1915 fue herido de bala y su brazo derecho quedó paralizado temporalmente. Mientras se rehabilitaba en el hospital en Estrigonia, realizó una de las pocas fotografías que sobrevivieron a ese período– las demás fueron, en su mayoría, destruidas durante la revolución húngara de 1919. “Nadador bajo el agua, Esztergom, 1917.”, muestra la figura distorsionada de un hombre tras haberse lanzado al agua.

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© André Kertész. Nageur sous l’eau Esztergom. 1917.

Pionero como lo fue Kertész en muchos otros ámbitos, la imagen sobreviviente es considerada el comienzo de la modernidad en la fotografía e inspiró una serie de desnudos que realizó a modelos con espejos cóncavos y convexos durante la década de 1930. Al respecto el fotógrafo recuerda:

“Después que fui herido [durante la Primera Guerra Mundial] estuve en el hospital por casi nueve meses. Ibamos a nadar todos los días, y yo noté las distorsiones en el agua. Cuando lo fotografié mis compañeros dijeron, “estás loco. ¿Por qué fotografiaste eso? y yo respondí: ¿Por qué sólo amigas? Esto también existe.” Así que fotografié mi primera distorsión en 1917– otras siguieron más tarde, especialmente los desnudos en 1933.”

¿Cómo nace una serie fotográfica? es una pregunta que reiteradas veces hemos discutido en clase. Y la realidad es que no hay una única manera de abordar una serie. Siempre me han fascinado las anécdotas detrás de la realización de alguna fotografía: ¿En que contexto se encontraba el fotógrafo?, entender dentro de lo posible cual era el entorno político, cultural, económico y el personal. Podemos aprender de las condiciones en las que un fotógrafo desarrolló su trabajo. Es en ese contexto donde yacen las claves para entender la toma de decisiones y las razones para que un determinado sujeto, o tema, haya sido de interés.

De ésta historia en particular, creo que la principal enseñanza radica en el primer instinto: en haber fotografiado eso que te cautiva el ojo así sea por un segundo. Puedo imaginarme a un Kertész vendado, vestido con ropas de hospital, esperando durante 9 meses que su brazo terminase de despertar. En esos momentos la cámara se convierte en una distracción, en un pasatiempo, una compañera que permite darle sentido a los días que pasan tan lento. Puedo verlo parado al borde de la piscina, observando las distorsiones en el agua a través del visor y realizando un par de disparos fulminantes. No creo que haya sido un momento planificado, sino todo lo contrario.

Hay fotografías que requieren de planificación, visualización y mucho análisis previo. Pero esta anécdota de Kertész nos enseña que también hay otras que nacen espontáneamente, por instinto  y curiosidad casi infantil. Ya después del disparo podría entonces llegar el momento de reflexión donde se descubre si el trabajo merece desarrollarse o si morirá en los confines de los terabytes.

Puede ser que el mundo académico quiera darme una paliza por siquiera proponerlo, –porque la tendencia actual pareciese darle un peso extraordinario al discurso y la retórica–pero soy defensora de esas chispas de curiosidad y de esas fotografías que algunas veces nacen sin grandes pretensiones. Sostengo que el sobre-análisis anula lo espontáneo, lo simple y corriente… ¿Quién más que Kertész para apreciar lo cotidiano?

Casi 15 años pasaron entre su serie de Distorsiones y la fotografía que lo inició todo, y probablemente ni el propio Kertész supo a dónde lo llevaría ese disparo inicial. Lo cierto es que dio paso a una de sus series más conocidas: unas imágenes que algo recuerdan a las célebres esculturas de Henry Moore.

 

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