Entre cámara y pistola

¿Y tu, que haces aquí, reina?

Es lamentable, pero como venezolana, me ha tocado escuchar historias de violencia miles de veces. Es más, me ha tocado vivirlas. Algunas historias lejanas, otras más cercanas, pero muy pocas como esta que estoy por contarles.

Diana Rangel es mi amiga, es fotógrafa y staff activo de La Camaradería, así que es una historia más cercana que lejana, pero lo que la hace especial es su nivel de compromiso con un tema tan tremendamente complejo como la violencia, y su determinación en cambiar un círculo vicioso que nos ha arrastrado a todos.  Somos muchos los afectados, directa e indirectamente, pero pocos los que hemos tomado pasos concretos para cambiarlo. Conozco desde hace años lo que Diana viene haciendo, y no sé si es porque aquí en la parte norte del globo terráqueo se acostumbra a hacer una limpieza profunda en las casas cuando llega la primavera, pero se me ocurrió que por primera vez conseguía una manera concreta de aportar: difundir su historia y ayudarla a conseguir cuanto perol sirva para hacer fotografías. Les invito a que lean, y después busquen entre closets y gavetas, porque probablemente encuentren allí, empolvada y olvidada, una solución a tanta barbarie.

“Y tu qué haces aquí, reina?” – fueron las primeras palabras que Wilkins, de 21 años, le dirigió a Diana a su llegada al barrio La Dolorita de Petare, en Caracas. Corría el año 2010 y Diana se estaba graduando de psicología clínica, le interesaba la fotografía, y a su mejor amiga la habían secuestrado tres veces seguidas en menos de un año.

© Diana Rangel. Círculos de Cultura.

© Diana Rangel. Círculos de Cultura.

Decidió entonces que su tesis de grado exploraría la definición subjetiva de la violencia y la manera en que la imagen podía ayudarnos a comprender ese concepto. “Quise entender la visión subjetiva de los protagonistas de esa violencia. (En principio) la tesis era simple, conseguir una banda de delincuentes y luego hacerles entrevistas. A mi se me ocurrió darles cámaras también y que la fotografía fuese una excusa, o un disparador del discurso y sus historias.”

Diana llegó a La Dolorita gracias a Ibrahim Infante, residente de la zona y además asistente de la fotógrafa española Lurdes Basolí,  “El juicio de valor personal debía desaparecer antes de tomar ninguna decisión. Cuando llegué al barrio primero que todo tuve que preguntar que era ser delincuente para ellos, y después ir identificando, a través de los miembros de la comunidad, quienes eran conocidos como los delincuentes de la zona. Hay un sistema de valores, un bien y un mal muy marcados, pero no es como uno se imagina. Es la misma ciudad, pero es realmente distinto… uno viene de un lugar muy diferente.”

Cristina Matos-Albers: ¿Que pasó cuando llegaste? ¿Cómo fue esa recepción?

Diana Rangel:  Cuando llegamos a hablar con ellos no hubo mucha receptividad. Hubo mucho miedo y timidez. Eran muchachos de 15 a 20 años. Me dijeron que esperara a Wilkins, el líder de la banda, para hablar. En eso ví de lejos a un muchacho caminando hacía mi. Su actitud de verdad me dejó el corazón en la garganta: su manera de caminar me hizo pensar que era enemigo del resto y que se iba a formar una pelea en ese momento. El chamo se paró en frente a mí y se quitó los lentes. Era trigueño, de ojos azules y con una mirada amable. Me sorprendió. Ese era Wilkins, y de el dependía todo. Me presenté y le dije que estaba haciendo un proyecto sobre la violencia en los barrios, que consideraba que ellos tenían otra perspectiva del asunto, y que les daría cámaras para que contaran sus historias.

CMA: ¿A cuántos les pudiste dar cámaras en esa oportunidad?

DR: Eran 7. Les di cámaras desechables y ellos tomaron fotos de aquello que fuese importante para ellos. Yo no les di clases de fotografía porque no quería sesgar su manera de ver las cosas. Después de tomadas las fotos, teníamos conversaciones en donde ellos contaban sus historias.

CMA: ¿De qué hablaron? ¿Había algo que surgiese en esas conversaciones que te llamara la atención?

DR: Ellos me hablaron de sus vidas, de su manera de entender el mundo, de aquello que es bueno y malo para ellos. Cada uno tenia un mundo distinto. Uno por ejemplo tomó fotos de espacios vacíos, cada foto fue el lugar en donde un amigo había muerto. Hubo otro que fue muy poético, y fotografió sueños y visiones de un futuro que el decía que nunca iba a tener. Otro muchacho se focalizó en los espacios y sobre cómo el sabe conseguir atajos, el territorio de cada banda, cómo se escapan de la policia. etc

CMA: ¿Algún tema recurrente?

DR: El tema recurrente de la investigación fue la concepción de “La Máscara.” Todos me decían que debían usar una mascara en el barrio. Ser quienes no eran, quienes no querían ser, para poder sobrevivir.

CMA: ¿Y entras como psicologo o como fotógrafo?

DR: (En esa oportunidad) como psicólogo. Yo casi no levanté la cámara. Ellos eran los fotógrafos. (Hoy) entro como ambas. Siempre trato de ser el puente. Dejarle el espacio a la gente para que se comunique. Lo que sucede cuando entras directo a fotografiar es que hay un corte en la relación con la comunidad y la gente te muestra lo que quieres ver, o lo que ellos quieren mostrarte.
Por ejemplo, una vez llevé mi cámara, ellos la vieron y de inmediato sacaron las armas. “Ajá, vamos a tomarnos unas fotos con las pistolas porque somos unos malos. Esa es la foto que quieres, no?” me decían. Yo les decía que nunca los veía con una pistola, y que porqué decidían mostrarla ahora. “Ah, bueno, pa´ la foto y tal.”  Si tu quieres salir en la foto con ella, bien, pero si lo estás haciendo por mi, no es necesario, yo no te conocí así.

CMA: Ah! De vuelta a “las máscaras.”

DR: Exactamente.

CMA: ¿Que pasó después?

DR: Yo no planifiqué que cambiaran o que quisiesen cambiar. Se fue dando solo. Ellos, me imagino yo, al verse a ellos mismos haciendo algo distinto, diferente y creativo, se dieron cuenta que eran capaces de muchísimo más de lo que estaban haciendo en ese momento. Meses después pasaron muchas cosas, pero la más importante es que intentaron cambiar sus vidas. Muchos lo lograron, otros no. Dos años después hicimos una exposición itinerante por los barrios de Petare, y hoy en día seguimos contando esta historia.

CMA: Y Wilkins, ¿dónde está?

DR: Bueno, Wilkins se convirtió en vigilante por un tiempo y luego en obrero. Pero lamentablemente lo mataron el año pasado. La nueva generación de chamos, supuestamente para ganar respeto, tienen que deshacerse de los viejos líderes. Nunca entendí por que lo mataron.

CMA: Balances de control muy delicados, supongo.

DR: Si, totalmente. Pero a ver, lo que siguió luego es que empecé a trabajar también en otras comunidades, fundé la asociación Círculos de Cultura e hice un master en artes expresivas y transformación social. Ahí me enseñaron a no imponer a la comunidad el tipo de modalidad artística a utilizar, sino más bien conseguir la que mejor encaje con ellos, la que ya exista, la tendencia común, en cómo se expresan ellos y volverlo educativo.

CMA: Que interesante ese punto de abordarlo, aunque que difícil, porque tu eres fotógrafa. Es complicado que de la noche a la mañana te pases a otra modalidad, ¿no?

DR: Claro, por supuesto. Yo siempre uso la fotografía, pero a veces considero que no a todos les interesa. Por ejemplo, tuve un grupo en el barrio La Cruz, de muchachos en riesgo de delincuencia. Le di las cámaras. Exactamente el mismo proceso…. pero las revendieron, ¡imagínate! Entonces empecé a sólo conversar con ellos, hasta que uno confesó que ellos lo que querían era ser raperos. “Bueno, vamos a hacer un trato, si me devuelven mis cámaras, les consigo clases de rap” Busqué a dos amigas cantantes, y un amigo que es poeta para darles clases de respiración, vocalización, escritura… todo un coaching. ¡A la semana me regresaron mis cámaras! (risas) Yo luego trabajé con ellos las imágenes que usaban en sus canciones, aunque no necesariamente eran fotos. Y fue genial, luego en Cultura Chacao me dieron la sala Cabrujas para que hicieran un concierto.

CMA: A partir de estas experiencias, ¿crees entonces que la fotografía propicia cambio?

DR: El centro es la imagen, la fotografía, leída y tomada. La fotografía es una técnica muy útil porque elimina muchas interpretaciones que uno pudiera hacer a nivel verbal y propicia el intercambio de discursos y construcciones de la vida que son únicos para cada quien. Cuando uno se comunica de esa manera con otro, se abre el camino hacia el cambio.

CMA: ¿Cuál es el obstáculo más grande que enfrentas para poder hacer lo que te propones?

DR: La situación país. Hay una desmotivación generalizada. Hay mucha rabia en el ambiente y mucha discriminación hacia lo diferente, y resistencia hacia el cambio. Adicionalmente, cada día es más difícil conseguir cámaras, rollos, revelado, impresiones…. ando descubriendo las fotos con los celulares y la vida se me está haciendo más fácil. Pero si, necesito el material fotográfico para continuar, porque lo humano se vence con sus habilidades humanas… pero el resto es conseguir los materiales.

Así que ahí lo ven, ese objeto viejo que guardamos con nostalgia o que tenemos como pisa-papeles puede perfectamente contribuir a un cambio social que necesitamos con urgencia. Recuperarnos, a todos. Brindar la oportunidad.

En lo inmediato, Diana necesita material fotográfico de todo tipo, tanto digital como analógico: rollos de 35mm blanco y negro (vencidos o no), químicos de revelado, camaritas digitales, aunque sean de baja resolución y toner para impresora. Sin tienen duda que pueda servir o no, ella sabrá gustosamente responderles. Pueden contactarla a: circulosdecultura (@) gmail.com y también pueden visitar la página web de la asociación, aquí.

Acá pueden leer más sobre Diana, ver su trabajo personal como fotógrafa y también leer sobre los cursos que ella ofrece en La Camaradería: Más allá del registro – la fotografía documental y sus límites, y Notas de antropología visual, son ambos dictados por ella.

– Por: Cristina Matos-Albers / @matosalbers

 

 

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